Mi abuelo, montado en su bicicleta roja, recorría los caminos mágicos de Imbabura. Amaba como nadie a su tierra y decía con orgullo ser imbabureño. Se unió a las estrellas ocho años antes de que yo naciera y en su memoria me bautizaron César Alberto.
De cariño le decían "El Negro". Fue impulsor del turismo, vinculado al periodismo, un pionero en su época. Participó en congresos, creó alianzas ecuatoriano-colombianas y dedicó su vida a promover el amor por lo propio su querido Ecuador.
Periodista de oficio, aunque sin título de Comunicador Social, veía más allá de lo evidente en cada historia de la mágica provincia de Imbabura. Y ahora, su legado sigue latente en mi sangre.
No lo conocí, pero lo siento cerca, como si lo hubiera conocido.
En cada viaje que emprendo, es su espíritu el que guía mi mirada. Descubro historias que el tiempo deshace despacio. Me contó mi padre que cuando era dirigente deportivo, si un atleta se lesionaba, él con su chispa única se le acercaba, le frotaba un billetito en la zona del dolor y, por arte de magia, el atleta salía volando.
Ahora yo recorro y valoro estos suelos ecuatorianos. Con mi cámara revivo su pasión. Encuentro historias en los fogones humildes, narrativas de obreros llenas de emoción, nuevos colores por descubrir. Cada muestra de identidad ecuatoriana es mi mayor fascinación.
Y en cada vuelo de un colibrí, lo encuentro. Es el abuelo César, vigilando mi camino. Siento que me acompaña, que nunca me ha dejado. Y sé que, como él, cumpliré mi destino: contar historias entre imágenes y palabras, y sobre todo, entre sabores y colores.
*portada generada con IA*








